Práctica · El cuaderno

Practicar antes de creer

¿Es necesario creer en el budismo para comenzar a practicar Zen? Mi aproximación fue prácticamente la contraria: primero me senté, después quise comprender qué estaba practicando. Con el tiempo, algunas enseñanzas comenzaron a adquirir sentido; otras continúan planteándome preguntas. Practicar antes de creer no significa separar el Zen del budismo, sino darse tiempo para conocer antes de aceptar o rechazar.

agosto 15, 2026 · 11 min de lectura

Mis primeros acercamientos a la meditación no nacieron de una búsqueda religiosa, moral o espiritual. Buscaba algo bastante más inmediato, utilitario, incluso diría que bastante prosaico: aliviar un estado concreto que estaba viviendo en aquel momento de mi vida.

Si soy sincero, al principio ni siquiera creía demasiado que aquello fuera a surtir efecto. Mucho menos que pudiera aliviar por arte de magia algo que entonces me parecía insuperable. Pero, día tras día, fui notando lo que, por prudencia, llamaré ciertos efectos «positivos». Eso me animó a continuar y a ampliar mis conocimientos.

Después apareció el hábito y, con el hábito, comenzaron a surgir preguntas que al principio ni siquiera estaban allí.

Durante bastante tiempo pude acercarme a la práctica sin necesidad de resolver primero qué creía.

Podía sentarme.

Respirar.

Observar.

Ver qué hacía mi mente cuando, durante un rato, dejaba de correr detrás de cada pensamiento que aparecía.

Para hacer eso no necesitaba llamarme budista. Ni siquiera considerarme espiritual o religioso.

Sin embargo, para mí el problema vino después.

Porque una cosa es descubrir que podemos comenzar a practicar sin adoptar previamente una identidad religiosa, y otra bastante distinta concluir que el Zen no tiene nada que ver con la religión o que podemos separarlo tranquilamente del budismo.

Ahí la pregunta deja de ser tan sencilla.

¿Qué estoy haciendo exactamente cuando practico Zen sin considerarme religioso?

Sentarse antes de saber

Nunca tuve la intención de convertirme a nada.

No llegué al Zen después de estudiar el budismo y decidir que sus enseñanzas constituían el sistema de creencias que quería adoptar. Mi recorrido fue prácticamente el contrario.

Primero practiqué.

Después quise comprender mejor aquello que estaba practicando.

Y, al estudiar, determinadas ideas que en un principio podían parecerme extrañas —palabras y significados ajenos a mis referencias anteriores— comenzaron a adquirir otro sentido.

Algunas parecían describir bastante bien cosas que podía observar directamente: desde una mayor capacidad de concentración hasta una forma distinta de relacionarme con mi entorno. Otras planteaban preguntas que nunca me había hecho seriamente.

Por ejemplo:

¿Quién soy yo?

Y otras continúan siendo difíciles.

Quizá por eso mi aproximación al Zen ha sido, desde el principio, practicar antes de creer.

Eso no significa practicar sin estudiar. Tampoco significa que la experiencia personal sea suficiente para decidir qué es verdadero y qué no.

Significa que mi primer contacto con determinadas enseñanzas no consistió en aceptarlas, sino en examinarlas.

Esta forma de aproximarme a la práctica sigue teniendo sentido para mí. Una enseñanza puede señalar, una explicación puede orientar y un texto puede ayudarnos a comprender, pero ninguna descripción sustituye aquello hacia lo que apunta.

Al mismo tiempo, una experiencia personal tampoco demuestra una doctrina.

Hay una diferencia entre comprender que todo cambia y observar cómo reacciono cuando aquello que quería conservar desaparece. Como experimentar que un proyecto al que hemos dedicado tiempo y esfuerzo no puede salir adelante.

Entre estudiar el apego y descubrirlo cuando alguien contradice una imagen que tengo de mí mismo. O cuando termina una relación.

Entre leer acerca de la impermanencia y vivirla. Como ocurre ante la pérdida de un familiar.

Una cosa no vuelve innecesaria a la otra.

La práctica sin estudio puede convertirse fácilmente en interpretación personal. El estudio sin práctica puede quedarse en una colección bastante elegante de ideas.

El problema, para mí, comienza cuando confundimos cualquiera de las dos cosas con una comprensión suficiente.

El Zen no apareció ayer

Aquí necesito introducir una precisión que con los años me parece cada vez más importante.

Que alguien pueda comenzar a sentarse sin considerarse budista no significa que el Zen sea simplemente una técnica secular de meditación.

El Zen pertenece histórica y doctrinalmente al budismo. Ha crecido dentro de una tradición que habla de Buda, Dharma, sangha, despertar, compasión, preceptos, votos, karma, vacuidad y muchas otras cuestiones que no desaparecen porque a un occidental del siglo XXI le resulte incómoda la palabra «religión».

También posee formas de práctica comunitaria, rituales, textos, maestros y linajes.

Reducir todo eso a «sentarse y observar los pensamientos» puede hacer el Zen más fácil de presentar, pero también puede acabar convirtiéndolo en otra cosa.

Meido Moore, escribiendo desde una perspectiva contemporánea del Zen Rinzai, insiste precisamente en que la comprensión intelectual no completa aquello hacia lo que apunta el Zen y sitúa la práctica dentro de un camino mucho más amplio que incluye entrenamiento, relación con un maestro, vida cotidiana, votos y realización encarnada.

Algo parecido puede apreciarse al leer a Rinzai. Su lenguaje puede resultar extraordinariamente directo y, en ocasiones, parece dinamitar todo aquello a lo que el estudiante intenta agarrarse, incluidas sus propias ideas sobre lo sagrado.

Pero Rinzai no está construyendo una espiritualidad secular moderna.

Está hablando desde el Buddha-Dharma y reclamando aquello que algunas traducciones expresan como discernimiento genuino.

Esto me parece importante porque existe una tentación bastante comprensible.

Llegamos al Zen desde una cultura secularizada, encontramos útiles algunas de sus prácticas y conservamos aquello que encaja bien con nuestra manera previa de entender el mundo.

El resto lo dejamos fuera.

Eso puede ser una forma perfectamente legítima de utilizar determinadas prácticas procedentes del budismo.

Pero conviene preguntarse en qué momento estamos practicando una técnica inspirada en el Zen y en qué momento estamos hablando del Zen propiamente dicho.

No tengo demasiado interés en establecer una frontera policial entre ambas cosas.

Sí me interesa no confundirlas.

Creer conociendo

Si tuviera que describir mi recorrido con una sola expresión, probablemente sería esta:

creer conociendo.

Desde luego, no la utilizo como concepto budista. Es simplemente una manera personal de explicar algo que me ha ocurrido con los años.

Como decía al principio, nunca fui aceptando determinadas enseñanzas porque pensara que debía creerlas para ser un buen practicante.

Algunas comenzaron a resultarme verdaderas a medida que las estudiaba, las contrastaba y encontraba algo de aquello hacia lo que apuntaban en mi propia experiencia.

Otras no.

O, mejor dicho, no todavía.

Y eso introduce una cuestión incómoda:

¿qué hago con aquello que forma parte de la tradición pero no sé si creo?

Podría rechazarlo.

Podría decir que, como no encaja con mi manera actual de comprender la realidad, no me interesa.

También podría hacer lo contrario: aceptarlo porque está escrito en un sutra, porque lo dijo un maestro cuyo nombre apenas sé pronunciar o porque considero que es aquello que corresponde creer si quiero practicar Zen.

Sinceramente, no me convence ninguna de las dos opciones.

No necesito creer aquello que todavía no comprendo. Pero tampoco necesito rechazarlo.

Puedo estudiarlo.

Puedo intentar averiguar qué significa realmente antes de decidir que estoy de acuerdo o en desacuerdo.

Puedo descubrir que estaba interpretándolo desde una categoría que no le correspondía.

Puedo contrastar distintas fuentes.

Puedo practicar cuando la cuestión tenga una dimensión práctica.

Y puedo dejarla abierta.

Hay enseñanzas budistas que hoy comprendo mejor que hace unos años. Algunas palabras que antes me parecían poco más que conceptos han ido adquiriendo peso. Otras continúan planteándome dificultades.

No creo que necesite fingir una certeza que no tengo.

Pero tampoco creo que mi incomprensión constituya una refutación.

Este equilibrio entre confianza y comprensión tampoco resulta completamente extraño a la propia tradición. En unas enseñanzas sobre el Sutra del Loto, Bárbara Kosen plantea precisamente la relación entre «creer» y «comprender»: una creencia sin comprensión corre el riesgo de convertirse en superstición, mientras que una comprensión mantenida únicamente desde fuera tampoco llega a hacerse íntima en la práctica.

No necesito convertir esa formulación en una regla universal para reconocer la pregunta que contiene.

¿Qué significa realmente creer algo?

No hacer un Zen a mi medida

Aquí aparece quizá el peligro más difícil de reconocer.

Puedo decir que quiero comprobar las cosas por mí mismo y acabar convirtiéndome, sin darme cuenta, en la única autoridad que estoy dispuesto a escuchar.

«Esto coincide con mi experiencia, por tanto es verdadero.»

«Esto no coincide, por tanto lo descarto.»

Parece una actitud muy libre.

También puede ser otra forma bastante eficaz de impedir que nada cuestione lo que ya pensábamos.

Si me acerco a una tradición únicamente para conservar aquello que confirma mi visión previa del mundo, quizá haya aprendido algunas cosas nuevas, pero mi posición fundamental permanece intacta.

La práctica debería poder hacer algo más incómodo que eso.

También debería poder poner en cuestión a quien practica.

Rinzai advierte continuamente contra la búsqueda exterior y contra el apego a palabras, categorías y autoridades. Pero sería una lectura demasiado cómoda utilizar esa rebeldía únicamente para justificar nuestras propias opiniones.

Su exigencia no parece conducir a «cree lo que quieras», sino a mirar con mayor claridad.

Y eso también afecta a la experiencia.

Una experiencia intensa durante zazen no me convierte en autoridad sobre el Dharma.

Una sensación de unidad no demuestra la vacuidad.

Una intuición acerca del yo no significa necesariamente haber comprendido anattā.

Puede existir relación entre unas cosas y otras. Precisamente por eso merece la pena estudiarlas.

Pero esa relación hay que examinarla.

Una experiencia puede alimentar mi práctica sin demostrar una doctrina; una interpretación puede ayudarme a leer una enseñanza sin convertirse en «su verdadero significado»; y una enseñanza tradicional merece ser comprendida en su contexto antes de utilizarla para explicar lo que me sucede.

Quizá «creer conociendo» también signifique eso.

No utilizar mi experiencia para confirmar aquello que quiero creer.

Permitir que experiencia, estudio y práctica se corrijan mutuamente.

¿Entonces hay que ser religioso?

No sé siquiera si esa es la mejor pregunta.

Depende bastante de lo que entendamos por ser religioso.

Si significa adoptar inmediatamente una identidad, aceptar un conjunto completo de proposiciones y declarar que creemos en ellas antes de haberlas examinado, esa no ha sido mi experiencia.

Si significa reconocer que estamos entrando en contacto con una tradición religiosa, con una historia, una doctrina y unas formas de práctica que merecen algo más que seleccionar aquello que nos resulta cómodo, entonces la cuestión cambia bastante.

No necesité llamarme budista para sentarme.

Y sigo pensando que una persona puede comenzar por ahí.

Puede sentarse sin resolver previamente qué piensa sobre el karma.

Puede observar su relación con pensamientos, emociones, deseos, miedos y expectativas sin haber decidido todavía qué significa naturaleza búdica.

Puede experimentar qué ocurre al permanecer unos minutos en silencio antes de saber recitar un sutra.

Eso es lo que entiendo por una aproximación occidental y secularizada al Zen.

Una aproximación.

No una redefinición.

La puerta por la que entramos no tiene por qué contener ya toda la casa.

Pero sería extraño atravesarla y después pretender que la casa termine exactamente donde termina nuestra idea de ella.

Volver a sentarse

Con los años he ido encontrando sentido en enseñanzas que al principio apenas comprendía.

No porque haya decidido creer más.

Quizá porque he aprendido a no necesitar decidir tan rápido.

Hay cuestiones sobre las que tengo una posición bastante clara. Otras permanecen abiertas. Y seguramente algunas de las cosas que hoy creo comprender tendrán que ser revisadas.

No me preocupa demasiado.

La práctica continúa.

Sentarse.

Estudiar.

Observar.

Contrastar.

Volver a la vida cotidiana y comprobar qué queda de todo aquello cuando alguien nos irrita, cuando algo cambia, cuando perdemos, cuando deseamos, cuando tenemos miedo o cuando simplemente estamos cansados.

Quizá practicar antes de creer no consista en rechazar la fe.

Ni tampoco en sustituirla por una especie de certeza privada basada exclusivamente en nuestra experiencia.

Para mí ha significado algo más sencillo: darme tiempo para conocer aquello con lo que me estoy encontrando antes de afirmar que lo creo o que no lo creo.

Y continuar practicando mientras tanto.

No sé si eso me hace religioso.

Cada vez me interesa menos resolverlo.

Me interesa bastante más comprobar si estoy mirando con honestidad.

Y mañana, volver a sentarme.

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